No quiero llorar

Muy a menudo conocemos a personas que acuden a terapia o a los talleres en los que actuamos como facilitadoras que nos piden aprender a controlar sus lágrimas o llanto: «Es que lloro de repente. Me pongo así y no lo entiendo. No se qué hacer, incluso en momentos muy poco adecuados. ¿Cómo puedo controlar esto que tanto me importuna?»

Nosotras preferimos hablar más de gestión que de control. Y, como el lenguaje no es inocente, el control (revisando sus acepciones) tiene que ver, entre otras cosas, con el dominio, el mando, la autoridad, una limitación o la preponderancia sobre algo, mientras que la gestión son las acciones que se llevan a cabo para resolver un asunto. Así que probemos a gestionar, a ser curiosos e indagar, a ser más observadores que dominadores o limitadores.

Fotograma de la serie 'Lost - Perdidos'
Fotograma de la serie ‘Lost – Perdidos’

Es interesante apreciar lo estigmatizadas que están algunas emociones y cómo, en muchas ocasiones, nos cuesta permitirnos la tristeza o el llanto. Reconocemos como lo más aceptado en nuestra sociedad el estar alegres, dispuestos, no preocupar a los que nos quieren, no parecer débiles, poder con todo y a ser posible solos… Demasiadas exigencias autoimpuestas.

Cuando las lágrimas brotan de esta forma inesperada, reiterada, sin existir motivo reconocido, o desproporcionadamente, suele ser una señal de haber tapado y soportado, tiene que ver más con estar al límite que con una debilidad. Nuestro cuerpo se gestiona haciendo uso de su capacidad de expresar, pero nos sentimos abrumados al no poder interpretar esto de forma clara y natural.

Las lágrimas proporcionan un beneficio directo sobre nuestro estado. Cuando lloramos, liberamos una hormona llamada oxitocina que nos proporciona bienestar, además de opiáceos que actúan como analgésicos naturales. Las lágrimas nos calman. Nuestro cuerpo y sistema son sabios. Es interesante confiar, escucharlo y saber leerlo. No olvidemos que somos un todo.

La propuesta tampoco sería llorar a mares e inundar la oficina, la Gran Vía o nuestra casa para quedarnos a gusto. Aunque no hay receta o procedimiento exacto, el camino que proponemos para gestionar nuestras emociones tiene que ver con:

  • Reconocerlas. Me doy cuenta de que me está pasando algo. Los indicadores pueden ser la respiración, el gesto, la tensión o postura corporal, la voz…
  • Evidenciarlo, convertirlo en algo obvio me ayuda a poder ver de qué se trata, qué es lo que me está pasando. Poner conciencia a qué emoción estoy sintiendo me ayuda a darme cuenta de mi necesidad. Si siento tristeza, quizás estoy necesitando acompañamiento, recogimiento o cariño.
  • Validar que aparecen por una necesidad de ser expresadas. No son buenas ni malas, simplemente son. No por negarlas van a desaparecer. Es más sano aceptarlas para poder comprenderlas y ver qué puedo hacer con ellas.
  • Darles un espacio. La emoción quiere ser sentida, expresada. Si no le damos un espacio buscará otra salida. Unas veces, a través de dolencias físicas o psíquicas y otras, de manera desbordada, sintiéndonos esclavos de ellas. Hay muchas maneras de canalizar las emociones, poniendo límites, no traicionándonos, haciendo deporte, meditación o cantando. Cada persona encuentra la suya propia, la que le sirve.
  • Atender mi necesidad. Hacerme cargo o responsable de la necesidad que hay tras mis emociones para ponerme en acción y resolver, proporcionándome lo que necesito, o aceptar, tomar conciencia de que la frustración forma parte de mi aprendizaje y crecimiento.

 A modo de conclusión, pensamos que a medida que voy sanando mis propias heridas, que voy dando espacio a mis emociones, sin acumular o tapar, la emoción que brotaba de forma compulsiva, se transforma en algo más sereno y sosegado.

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