¿Hay emociones malas?

Hemos sido educados en la creencia de que hay unas emociones que son buenas y otras que son malas. Estar alegre, sentir amor o ternura son emociones buenas y estar triste, sentir enfado o miedo son emociones malas. Por eso aprendimos a buscar con ansia las primeras, queriendo tenerlas de forma permanente en nuestras vidas y tapamos, rechazamos o incluso negamos las segundas. Qué exigencia más enorme, ¿no?

Este planteamiento está quedando afortunadamente obsoleto en casi todos los campos, pero especialmente en el de la psicología y la neurociencia. Las emociones son reacciones psicofisiológicas que nos sirven para establecer nuestra posición respecto a nuestro entorno. Son necesarias y cada una tiene su cometido. La emoción adecuada para enfrentarnos, por ejemplo, al ataque de un león serían el miedo (para buscar refugio o evitar el encuentro) o la ira (para defendernos), pero nunca la alegría y tampoco aconsejaría el amor. Por su parte, la tristeza, tan mal vista en nuestra sociedad, es una emoción muy necesaria que nos avisa de que algo nos ha dañado y que tenemos que recoger para recolocar y recomponer nuestro mundo interior. Los animales, esos sabios de los que tanto nos hemos alejado, se meten en sus cuevas a lamerse las heridas.

EMOCIONESLo que sí es cierto es que si a las emociones, necesarias todas ellas por igual, les añadimos un discurso mental que las alimente, entonces se quedan como estados de ánimo más permanentes, cuando lo ideal sería dejarlas que cumplan su función y que pasen sin más. Quedarte en el miedo, la tristeza o el enfado reporta mucho sufrimiento, eso está claro, pero tampoco sería funcional quedarnos en la alegría o el amor permanentemente.

Los niños pequeños, con toda su pureza, entienden así a las emociones y dan cabida y expresión a todas ellas. Luego vamos aprendiendo que para ser queridos hay que ir suprimiendo las emociones mal vistas o molestas en nuestro mundo: «Niño, no llores»; «niño, no te enfades»; «niño, no tengas miedo». Y así vamos produciéndonos un desajuste en los mecanismos que nos permiten colocarnos frente a lo que nos sucede. Además, tenemos que tener en cuenta que lo que pasa con nuestras emociones afecta a nuestra mente y a nuestro cuerpo. Y lo que pasa con nuestra mente, lo que nos decimos, afecta a nuestras emociones y a nuestro cuerpo. Y lo que le sucede a nuestro cuerpo, también influye en nuestras emociones y mente. Estos tres componentes de los que todos estamos hechos (mente, emoción y cuerpo) están relacionados entre ellos, se influyen y afectan, para lo bueno y para lo malo. Y si cerramos el grifo de algunas emociones o, por el contrario, si las transformamos con nuestra mente en estados de ánimo es fácil que tengamos dificultades adaptativas o que somaticemos enfermedades.

No pretendo decir que no haya que educar a los hijos o permitirles campar a sus anchas con sus emociones, pero sí que seamos conscientes de que hay que darles un lugar para que también vivan su enfado, sin prohibirlo, un espacio para que experimenten su miedo, sin menospreciarlo, y un tiempo para que estén tristes, sin pedirles que dejen de estarlo.

Y por favor, basta ya con eso de decirle a los niños que los hombres no lloran ni tienen miedo. Solo generará más neuróticos.

Eduardo Sanz Márquez. PERFIL PROFESIONAL

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