¿Nos conocemos a nosotros mismos?

Vivimos en la creencia de que nos conocemos, pero realmente en la mayor parte de los casos no es así. Sólo conocemos, y no tan bien como creemos, una parte de nuestro carácter (hay otra que ni siquiera vemos). Pero el carácter no somos nosotros, es sólo la estructura con la que funcionamos. Somos mucho más que esa estructura o, mejor dicho, algo distinto, aunque, como nos identificamos con ella, no nos damos cuenta de que debajo de ese carácter está nuestro verdadero ser, nuestra verdadera esencia que tenemos olvidada, donde se aloja nuestro espíritu.

Cuando eramos bebés, llorábamos si teníamos hambre o nos dolía algo, y sonreíamos o estábamos felices y en paz el resto del tiempo. Más tarde empezamos a desarrollar cada uno nuestro carácter, en función de diversas variables como nuestra herencia genética, el tipo de familia en el que nos encontrábamos, la educación que nos daban, nuestra posición respecto al resto de hermanos…. y fuimos adoptando rasgos que entonces consideramos los mejores para alcanzar nuestro objetivo, que no era otro que cubrir nuestra necesidad de amor y bienestar.

CARACTERAsí, si llorando conseguíamos que papá y mamá nos hicieran caso, incorporámos la queja a nuestro carácter como forma de ser queridos y atendidos; y si lo que nos funcionaba era el enfado o el ser buenos o graciosos para llamar la atención de nuestros progenitores, tales rasgos o conductas pasaron a formar parte de nuestra estructura de personalidad y quedaron con nosotros para siempre. Entonces nos sirvieron y fueron útiles, pero tal vez ya no lo sean tanto o del mismo modo en la vida adulta, donde tenemos a nuestra disposición más herramientas o posibilidades distintas para reaccionar, quizá muchas veces más apropiadas. Ahora podemos tener conciencia. Y, si llegamos a ver cómo funcionamos y a desidentificarnos, podemos escoger reaccionar de forma distinta a la habitual, buscando aquélla que pueda resultar más adecuada al fin que en cada momento persigamos.

Y es que hay individuos que pasan por la vida haciendo mucho uso de la queja; otros, por el contrario, parecen estar siempre bien, aunque en realidad puedan estar sufriendo; otros se recluyen en su mundo interior aislándose del exterior; también los hay que defienden a su círculo más íntimo, pero atropellan a todos los demás; y quienes cumplen con el deber y su norma sin salirse un ápice de ella; o los que hacen todo por agradar al que tienen enfrente, no llegando nunca a saber qué les gusta a ellos….. y así podría seguir describiendo rasgos de carácter aprendidos en la infancia que se repiten y nos acompañan a lo largo de nuestra vida y consideramos, erróneamente, que son parte de nuestra identidad. La cuestión a tener en cuenta, insisto, es que lo que nos sirvió para conseguir el amor de nuestros padres cuando niños puede entorpecer la consecución de determinados objetivos en la edad adulta.

El trabajo de conocerse a uno mismo pasa primera y principalmente por observarnos; Ver cuál es nuestra forma habitual de reaccionar, nuestro carácter y entender que es una estructura que creamos para protegernos. ¿Para qué siempre igual? ¿Para qué repetir siempre los mismos patrones, limitarnos tanto?

Después de vernos, de ampliar nuestra conciencia sobre nuestra forma de comportarnos, podemos dar las gracias a nuestro carácter porque nos ha sido útil para llegar hasta donde estamos, aceptarlo y aceptarnos y darnos cuenta de que nosotros no somos nuestro carácter, sino la persona completa y sagrada que está detrás. Tenemos que desidentificarnos de él pues, sea el que sea nuestro carácter, no es más que esa estructura que nos ayudó de niños y nos sigue ayudando de adultos, pero no nosotros. Y como el carácter no somos nosotros, tenemos a nuestra mano escoger otras formas de responder en la vida, podemos romper los barrotes que nos encierran en esa estructura y salir a probar nuevas formas de reaccionar, de vivir. No somos aquella respuesta aprendida; no somos la queja, ni la soberbia, ni el miedo… Somos el individuo maravilloso y perfecto que está dentro, protegido por el carácter, sí, pero distinto de él. Éste es al que tenemos que buscar, querer y conocer.

Eduardo Sanz Márquez. Perfil profesional

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