Los niños no lloran y las niñas son buenas

Recientemente hay una mayor sensibilidad social ante el hecho de que las emociones tienen una importancia vital y que tenerlas en cuenta es fundamental para tener un contacto más sano con nosotros mismos y con nuestro entorno.

Sin embargo, a la hora de trabajar con las emociones, hemos de tener en cuenta que estas reacciones fisiológicas de nuestro organismo están condicionadas  por nuestra educación. Y es que por encima de ellas hemos incorporado los «mandatos» recibidos en nuestra infancia, mensajes que se van grabando en nuestro inconsciente formando nuestras primeras creencias a través de las cuales vemos el mundo.

 

Ya desde pequeños sabemos si es conveniente en nuestro entorno mostrar nuestro sentir de un modo u otro, pues no todo está permitido, no todo está «socialmente» o «familiarmente» aceptado.

El carácter de una persona se forma a una edad muy temprana. Ya entre los siete y los nueve años tenemos configurados nuestros principales rasgos. A esta edad, ya hemos tomado nuestra decisión de cómo posicionarnos ante la vida para alcanzar el reconocimiento y el amor de nuestros mayores, que es esencialmente lo que ansiamos lograr desde que nacemos.

En función del permiso que exista en el seno familiar para poder mostrar lo que sentimos, nuestra expresión será más coherente con la necesidad que encierra. Es decir, la ira nos indica que necesitamos poner límites; la tristeza,  que necesitamos recogernos; el miedo, que necesitamos protegernos; la alegría, que es necesario celebrar una meta lograda… y así, sucesivamente, cada emoción encierra una necesidad.

En este sentido, si el mandato que recibimos es que no se debe mostrar la tristeza, buscaremos un vehículo distinto para sacarla. Es como si la «disfrazamos» de otra cosa para poder canalizarla.

La famosa frase «los niños no lloran» sería un magnífico ejemplo de mandato interiorizado. Pero ¿qué ocurre cuando ésta es nuestra limitación? ¿qué le ocurre a un niño al que le indican que es mejor no sacar la tristeza? ¿de qué forma tendrán que reaccionar cuando algo les duele? No les queda otra salida que disfrazar su tristeza de otra cosa. Y lo más habitual es que elijan el disfraz de la rabia, en cualquiera de sus grados y exposiciones, desde la ira más intensa, el enfado o la contestación a destiempo. Éste es el recurso que le dejamos a nuestro organismo para canalizar la tristeza.

Del mismo modo que los hombres no lloran, las mujeres tenemos otra especialidad: «las niñas son buenas», está feo ponerse furiosa, expresar la ira… Hemos oído en ocasiones «eso no es de señoritas». Y así, nuestro enfado toma prestado otro disfraz, habitualmente el de la tristeza. Y entonces cuando algo o alguien supera nuestros límites, en lugar de marcarlos con un grado necesario de rabia, lo hacemos con las lágrimas, lo disfrazamos de tristeza.

Lo cierto es que un sentimiento quiere ser sentido y si no le damos salida, buscará otros modos, o bien disfrazarse o bien somatizarse a través de una dolencia física o enfermedad. Dentro no se quedará ni se disolverá.

Así que la próxima vez que te venga la furia cuando lo que te gustaría es llorar o te pongas a llorar cuando lo que te gustaría es sacar pecho y poner un límite, piensa ¿qué me está pasando? ¿Qué estoy sintiendo realmente? y ¿qué es lo que necesito?. Cuando tengas la respuesta, deja el disfraz para carnaval y hazte un favor: escúchate y cuídate. Y si es más difícil de lo que parece, pide ayuda. Te sentirás más libre si puedes expresar lo que necesitas con coherencia.

Os dejo un breve vídeo en el que se puede observar el mandato los niños no lloran. «Soy un hombre», dice el pequeño, animado por su padre, cortando de raíz sus lágrimas que sanamente expresaban su dolor.

Laura Raya (perfil profesional)

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